Antonio
Fernández
Escritor
Jesús, en los Santos Evangelios, da materia a todo aquel que se precie ser hijo de Dios, a una muy seria meditación de lo que esconde, guarda y oculta secretamente su malicia en el corazón, para sacarla y ponerla frente a la conciencia, reconociendo hechos y consecuencias que nos ilustra con la Parábola del fariseo y el publicano; ambos hombres subieron al templo de Jerusalén por separado a rezar; mientras el primero fue a colocarse junto al altar ataviado de esplendorosos ropajes frente del Santa Sanctorum, sin dignarse doblar la rodilla, mucho menos arrodillarse ante la majestad de Dios que estaba delante de él, se mantuvo de pie, altivo y retador para que el pueblo lo viera y hablara de su solemnidad; en el fondo de su corazón sabe que hace un acto de ostentación y de pose para que la gente hable de él; a la vista del cielo esta falsedad ofende a Dios, que no le importa al fariseo mientras todos alaben sus obras como las de un santo: exclama: «Mi vida no es como la de ese publicano y demás hombres, ladrón, injusto y adultero; ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de lo que poseo»; bueno sería la voz de Dios para bajar las ínfulas de su falsa santidad, decirle: «¡Calla, desvergonzado! Has insultado a Dios». Eso no es rezar... y ver que muchos en estos tiempos van a la Iglesia y hacen lo mismo que este fariseo. El otro, el publicano, a mucha distancia del fariseo que lo considera un hombre santo, no atreviéndose entrar al templo, se queda en la puerta y se postra en tierra, se golpea el pecho, sin temer las murmuraciones y reprobación del pueblo, en voz alta pide: «...Oh, Dios; compadécete de mí, el pecador»... No únicamente es una humilde confesión, es el dolor y pesar de una alma penitente por haberlo ofendido, no se atreve a levantar la vista, está convencido de ser indigno de buscar en las alturas de los cielos, la presencia de Dios; manifestando su confusión ante la majestad del Señor, cada golpe que da en su pecho es el verdadero dolor y arrepentimiento de haber pecado; su penitencia la hizo públicamente para curación de sus culpas; aquí la enseñanza está en el valor espiritual de su arrepentimiento y solicitud de perdón que Dios concede, quedando su conciencia limpia y tranquila porque está en paz. El pueblo, escuchó y vio al publicano en tal reconocimiento público de sus pecados que lo juzga y hasta lo condena, considerándolo un apestado al que no hay que acercarse. El publicano hizo oídos sordos a la crítica del pueblo, no le importa lo que digan, le importa cómo está su alma ante Dios, por eso se duele y hace penitencia. Hoy vivimos una situación igual que debiéramos aprender de este publicano. ¿Cuántos van a recibir a Jesús y actúan con la misma falsedad del fariseo? Que los vean, admiren y digan: ese hombre o esa mujer son santos. ¿Cuántos no frecuentan los Sacramentos por temor al qué dirán? Quien asiste a todo acto religioso y evita participar en él, porque sus amigos y conocidos, al verlo acercarse al altar, mentalmente lo criticarán, por esta razón sin razón se cohíbe recibir a Jesús. ¿Por qué el mundo de la gente incrédula actúa de esta forma? Los hombres y mujeres que viven en el mundo de la corrupción moral, tienen declarada la guerra a quienes no los siguen en su vida crapulosa y se lanzan contra los que llevan vida virtuosa, apegada al orden de hacer el bien y evitar el mal, donde Dios es el centro de sus actos, lo hacen por envidia.