>Veneno Puro<
 
Política Olvidada


Rafael
Loret
de Mola

Periodista

Semanas atrás no parecía haber relación bilateral más deteriorada, a punto incluso de exaltar los humos belicistas, que la del mandatario colombiano, Álvaro Uribe Vélez, con su colega venezolano, Hugo Chávez Frías, alrededor de la intromisión de éste, en principio autorizada por el primero hasta que le estorbó, como mediador ante las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para solicitar la liberación de la activista franco-colombiana Ingrid Betancourt y de los setecientos rehenes que todavía permanecen atados en la selva.
El asunto empeoró, sensiblemente, tras el operativo en la frontera de Colombia y Ecuador en donde fue muerto Raúl Reyes apenas unos días antes de que los alzados reconocieran la muerte de su máximo dirigente, Manuel Marulanda, «Tirofijo».
En tales términos, considerando el acoso militar en la zona del conflicto y las presiones internacionales en pro del rescate de la señora Betancourt –quien ahora «goza» de una agenda rebosante con visita incluida a la Basílica de Guadalupe-, parecía impensable que la vía diplomática funcionara para atemperar las severas rencillas aireadas; mucho más considerando el temperamento provocador de Chávez y su obcecación por imponer criterios de manera discrecional considerándose ya, aún antes de que la leyenda de Fidel se consolide con su muerte, una especie de nuevo icono del sueño bolivariano para presentar cara a la hegemonía estadounidense.
Una quimera, si se quiere, que le ha resultado por demás efectiva. Una estrategia espectacular, para decirlo sin eufemismos, con muy altos decibeles. Pues bien, el venezolano rompió sus propios moldes. Ladino, primero semblanteó y organizó un encuentro con Miguel Ángel Moratinos, canciller español, para suavizar las tensiones provocadas por su desencuentro con el Rey Juan Carlos –«¿por qué no te callas?»-, y preparar una visita a la Península Ibérica con recepciones oficiales incluidas y sin mordazas de por medio para que pueda disfrutar, al cien por ciento, de la cena de gala en el Palacio Real. Y recientemente dio la bienvenida, en Caracas nada menos, a Uribe Vélez quien había sido recipiendario de sus peores epítetos incluyendo el muy severo de «lacayo del imperio» endilgado también, entre otros, al ex presidente mexicano Vicente Fox tras sus diferendos en una de las últimas cumbres iberoamericanas de éste.
El más irascible de los mandatarios sudamericanos, visto como mesiánico intratable por buena parte de la opinión pública mundial, ex golpista capaz de usar a las fuentes electorales para canalizarlas hacia sus sueños de permanencia en el poder, es perfectamente capaz de replegarse, sin discursos de por medio, y extender la mano a quienes se han querellado contra él, incluso con movilizaciones de tropas de por medio. Esto es, con el convencimiento de que las palabras se las lleva el viento y sólo permanecen los gestos históricos.
En la misma línea, los observadores, incluso los más cautos, estiman que la «guerra verbal» entre Uribe y Chávez sólo vivió una tregua, por demás calculada, para aprovechar la euforia mundial ocasionada por el rescate de la señora Betancourt y las precipitadas informaciones sobre la vulnerabilidad del ejército alzado en una región más bien convulsionada por la producción y tráfico de cocaína detrás de las bambalinas de la guerra.
Los forcejeos verbales podrán extenderse, acaso como efecto de las lecciones de la prolongada «guerra fría» que atemperó a las potencias bravuconas, sin que se desestime la posibilidad de que, en cualquier momento, vuelvan a darse paréntesis de tranquilidad para privilegiar a la política. De eso se trata, naturalmente, el propósito de equilibrar fuerzas y sustentos para conciliar.







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